Un fin de semana para disfrutar a mis anchas: callejear, fisgonear lomos y páginas de libros, algunos descatalogados; talleres de caligrafía, lectura o encuadernación y museos de música constituyen otras opciones con las que ocupar la jornada, antes del retiro al descanso, que se convierte en otra sesión de hojear los ejemplares adquiridos.
Las mañanas clarean limpias, diáfanas, aunque frías. Al abrir las contraventanas las palomas están ya apostadas en las almenas, pero enseguida revolotean en bandadas de uno a otro extremo de la muralla. Gatos, hay muchos gatos, gordos, hermosos; y gatas, claro. La pareja de cigüeñas sigue erguida sobre su nido del campanario, imperturbable al son que, con metálica puntualidad, marca las horas. Hay otro tiempo que ni siquiera lo refleja el reloj de sol, que pasa volando. El ambiente calmo, la atmósfera apacible invita incluso a la escritura. Las noches desde lo alto de la muralla revelan un cielo inundado de estrellas, un mapa abierto, legible, una página de letras brillantes...
Repaso los libros una vez más, con ilusión de coleccionista, los trofeos cobrados, la sorpresa rescatada, el capricho merecido, antes de iniciar el regreso. Sí, hay que volver, me prometo.