
Atardecía. El muchacho dio unas palmadas en el cuello de aquel magnífico ejemplar, regalo de su madre, y se alejó un poco de él caminando algunos pasos por la orilla. Pensativo, hundía sus pies en la arena, como calibrando el peso exacto de sus talones, la textura de aquel suelo, el frescor del agua entre los dedos. Daba la impresión de esperar algo muy remoto, o de planear alguna meditada huida.
Los últimos rayos de sol ba?aban su cuerpo esbelto y dorado. Hebras rosadas se le enredaban en los cabellos hasta deshacerse, y aquella luz tan tenue, tan vencida, marcaba los contornos de su figura como sólo los dioses se?alan a su predilecto. Le habían dicho que era como su padre. El orgullo sonrojaba sus mejillas cuando le decían que en el hijo se reconocía el semblante y los gestos de su progenitor. Que sus manos tenían el vigor de las suyas y que sus brazos eran los de un valiente.
Se sentó, muy cerca de donde morían las olas. Aquel día el mar estaba en calma y la nitidez absoluta del cielo dibujaba el horizonte con un trazo limpio. Nadie venía a lo lejos.
?Acabaría algún día aquella espera?
Cerdos hozaban en algún lugar cercano, vigilados por su pastor.
Aún era pronto. El joven Telémaco se hacía hombre solo, aguardando en aquella playa.
Todavía quedaban tres a?os para que acabara su desolación y pudiera, al fin, sentir el abrazo conmovido y fatigado de Ulises.
Guiomar Padilla.
Taller Literario, Santander-2005.-