
También recorrí el paseo a orillas del Duero que en tantas ocasiones el poeta realizaba solo o en compañía de su amada, compartiendo poemas, sentires y, con toda seguridad, incidencias cotidianas. La ermita de San Saturio, patrono de la ciudad se erige un poco más adelante, sobre los cimientos rocosos de la ladera; varios puentes atraviesan el río, donde no faltan los recuerdos que aluden al poeta, versos grabados en la roca, en placas, a cada paso, en las orillas, bajo la sombra de los álamos.
En aquella etapa soriana el poeta acudía a las tertulias de la tarde en el Círculo de la Amistad, donde hoy puedes entrar sólo si eres socio o también a desayunar en la cafetería, dentro de un horario estipulado. En total fueron cinco años, pero esa etapa soriana es la que supuso la grandeza del poeta, quien reconocería posteriormente que en ningún otro lugar fue más feliz. Grandeza y tragedia. Cuando en un viaje a París, Leonor vomita sangre, descubren la enfermedad que afecta a la esposa del poeta; será la tuberculosis la que acabará con la vida de Leonor tres años después. Es la impotencia del poeta, quien confiesa en una carta a su amigo Unamuno, que habría preferido morir el primero, la que ha sustituído al milagro que Machado esperaba para su amor, el mismo que resucitaba en el poema al olmo herido por el rayo. Antonio Machado se traslada entonces a Baeza, después a Segovia, mucho antes de Guiomar, del exilio a Francia, de su enfermedad al otro lado de la frontera, de su muerte a orillas del mar en Collioure, tres días antes que su madre, quien le acompañaba, ligero de equipaje, como un españolito más.
De regreso por esos campos de Castilla no pude evitar el eco de sus versos en mi memoria:
Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿A dónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero...
-La tarde cayendo está-.
...Versos vivos, muy vivos. Gracias, poeta, hasta siempre...
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